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CURSO LA AVENTURA HUMANA: EL RETO DE CRECER.

CURSO LA AVENTURA HUMANA: EL RETO DE CRECER.

La Fundación va a impartir un curso, en colaboración con la Casa Cristo Rey de Pozuelo de Alarcón. Descubrir la riqueza de la realidad y desarrollar nuestra capacidad creativa son las tareas básicas que nos permiten crecer como personas. La verdadera formación no se limita a acumular conocimientos; implica aprender a pensar con rigor, comprometerse sólidamente con los valores y saber orientarse en la vida a fin de alcanzar el auténtico ideal de esta aventura emocionante a la que hemos sido llamados.

Se impartirá en seis sesiones de dos horas de duración (Lunes 27/2 6/3 13/3 27/3, martes 21/3 y miércoles 5 de abril de 2017. El horario es de 19 a 21 horas)

La directora del curso es Victoria Escudero, Licenciada en Farmacia, Experta en Creatividad y Valores, miembro del Patronato de la FLQ.

Profesores: Alfonso López Quintás, Doctor en Filosofía y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Luis Aymá, Doctor en Filosofía.  Antonio García-Escribano, Doctor en Humanidades. Isabel García Brun, Licenciada en Filosofía. Juan Manrique, Licenciado en Química.

 

A todas aquellas personas interesadas en asistir, les informamos que la primera sesión es abierta al público.

Inscripción: https://goo.gl/vWvsAK 

 

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Amatrice y el Silencio de Dios

 

En una emotiva homilía, pronunciada en el primer funeral de Estado por las víctimas del reciente terremoto, un obispo italiano confesó que le había dirigido a Dios esta pregunta desolada: «¿Y ahora qué hacemos?». Con todo el afecto que me ha suscitado tan enorme tragedia, quisiera sugerirle lo primero que convendría hacer ahora: explicar a los fieles desconcertados de esa zona el verdadero sentido del “Silencio de Dios”.

Tras la doble tragedia que golpeó a Japón en 2011, alguien manifestó en un programa de radio: «Fueron horribles el terremoto y el tsunami. No lo entiendo, pero lo acato. Esta fue la voluntad de Dios. La acepto porque tengo fe». Esta declaración denota una buena actitud, pero convendría que llevara el apoyo de una explicación bien articulada. 

Ante experiencias semejantes, celebraríamos que tuvieran lugar golpes de efecto, por parte de Dios, que dejaran patente la conexión entre el carácter amoroso del Creador y la marcha de los acontecimientos en el mundo. Ello permitiría a los hombres palpar lo religioso, tocarlo, convertirlo en una experiencia cotidiana irrefutable. En cambio, todo parece indicarnos que debemos arreglar nuestra vida por cuenta propia, en una indefensión absoluta.

Para que el silencio de Dios ante nuestra angustia no consuma nuestra fe religiosa, debemos analizar si tiene algún sentido el ocultamiento divino. Para ello hemos de poner en relación varias ideas, dejar que se enriquezcan mutuamente al formar un “círculo virtuoso” y hagan surgir el sentido de lo que deseamos clarificar. Tales ideas son  las siguientes:

 

1)      Dios quiere revelarnos su existencia, pero lo hace de forma velada para que no sea forzosa su aceptación, y seamos libres para aceptarla o rechazarla.

 

2)      Por eso creó el mundo de tal forma que pueda explicarse por leyes internas, de modo que parezca innecesaria una intervención divina y haga plausible una interpretación agnóstica del universo.

 

3)      Jesús ‒en quien se realiza la revelación perfecta de Dios Padre‒ cumplió en silencio la voluntad del Padre, que pareció desoír su oración en Gesetmaní y dejarlo a su suerte.

 

4)      Jesús, velando su divinidad –es decir, guardando silencio‒ dio la vida por amor; al hacerlo, nos reveló con toda claridad que Dios –en sus tres personas‒ nos ama hasta el extremo.

 

5)      Este amor absoluto nos inspira una confianza absoluta en el Dios que guarda silencio. Tal confianza suscita en nosotros una fe firme, capaz de superar la amargura que nos produce pensar que no somos escuchados por el Altísimo. Entrevemos, así, que el silencio de Dios no implica indiferencia sino amor, un amor que respeta la libertad del amado y da la vida por él.

 

6)       Este amor lo hizo palpable el Padre al resucitar a Jesús a una vida nueva, transfigurada, invulnerable. La Resurrección de Jesús es la última palabra de Dios, ciertamente; pero es una palabra que cobra toda su fuerza expresiva al ser oída al mismo tiempo que los mensajes contenidos en los puntos anteriores.

 

Hagamos el esfuerzo de pensar los seis puntos en su interna conexión y veremos surgir el sentido del llamado “silencio de Dios”, pues bien sabemos que el sentido de un acontecimiento brota siempre en el contexto en que se da. Cuando ese sentido se alumbra en la mente, se descubre que el “silencio de Dios”, bien visto, no sólo no nos aleja de la fe cristiana sino que nos lleva a admirar como nunca la figura de Jesucristo muerto y resucitado. Entonces sí que obtenemos una respuesta luminosa y consoladora a la pregunta que al principio nos inquietaba: Diosocultó, en parte, su inmenso poder al crear el universo, a fin de respetar nuestra libertad de aceptar su existencia o negarla. Jesús veló en buena medida su divinidad al tiempo que la revelaba. Quería evitar que se entendiera su condición mesiánica  como una especie de poderío humano. No hizo jamás un milagro en beneficio propio, ni cuando era vejado en la cruz e instado a salvarse a sí mismo. Antes de la Pasión, pidió auxilio a su Padre y no obtuvo respuesta. Su reacción fue ofrecer su vida en aras de un amor incondicional.

Ahora entrevemos que en los designios de Dios el silencio humilde, el respeto de la libertad humana, el dolor y el amor incondicional están fecundamente vinculados. Dios ha querido siempre respetar nuestra libertad para conseguir que, al contemplar el ejemplo de Jesús, perfeccionemos nuestra libertad hasta convertirla en el poder de entregarnos al amor más exigente, el de dar la vida por los demás.

Al contemplar todo esto en conjunto, se alumbra en nuestro interior una gran luz, y vemos que entre el silencio de Dios y el ocultamiento de Jesús hay un lazo de unión muy fuerte: el amor en plenitud de Dios a los hombres. La contemplación de este amor suscita en nosotros una confianza sin límites. Y tal confianza inspira una fe inquebrantable, capaz de superar la decepción y la desconfianza que produce la sospecha de que no somos escuchados por el Altísimo. «¿Cómo no vamos a darle un voto de confianza absoluta si vemos que ha llegado al amor máximo de entregarse a la muerte por nosotros?». Esta frase es de Javier Monserrat, autor de una clarificación convincente del enigmático tema del “silencio de Dios” (cf. Nuestra fe, BAC, Madrid 1974).

Alfonso López Quintás,

de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

 

(Artículo publicado en La Razón el  3 de septiembre de 2016)

 

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Amatrioce y el Silencio de Dios

 

En una emotiva homilía, pronunciada en el primer funeral de Estado por las víctimas del reciente terremoto, un obispo italiano confesó que le había dirigido a Dios esta pregunta desolada: «¿Y ahora qué hacemos?». Con todo el afecto que me ha suscitado tan enorme tragedia, quisiera sugerirle lo primero que convendría hacer ahora: explicar a los fieles desconcertados de esa zona el verdadero sentido del “Silencio de Dios”.

Tras la doble tragedia que golpeó a Japón en 2011, alguien manifestó en un programa de radio: «Fueron horribles el terremoto y el tsunami. No lo entiendo, pero lo acato. Esta fue la voluntad de Dios. La acepto porque tengo fe». Esta declaración denota una buena actitud, pero convendría que llevara el apoyo de una explicación bien articulada.

Ante experiencias semejantes, celebraríamos que tuvieran lugar golpes de efecto, por parte de Dios, que dejaran patente la conexión entre el carácter amoroso del Creador y la marcha de los acontecimientos en el mundo. Ello permitiría a los hombres palpar lo religioso, tocarlo, convertirlo en una experiencia cotidiana irrefutable. En cambio, todo parece indicarnos que debemos arreglar nuestra vida por cuenta propia, en una indefensión absoluta.

Para que el silencio de Dios ante nuestra angustia no consuma nuestra fe religiosa, debemos analizar si tiene algún sentido el ocultamiento divino. Para ello hemos de poner en relación varias ideas, dejar que se enriquezcan mutuamente al formar un “círculo virtuoso” y hagan surgir el sentido de lo que deseamos clarificar. Tales ideas son  las siguientes:

1)      Dios quiere revelarnos su existencia, pero lo hace de forma velada para que no sea forzosa su aceptación, y seamos libres para aceptarla o rechazarla.

 

2)      Por eso creó el mundo de tal forma que pueda explicarse por leyes internas, de modo que parezca innecesaria una intervención divina y haga plausible una interpretación agnóstica del universo.

 

3)      Jesús ‒en quien se realiza la revelación perfecta de Dios Padre‒ cumplió en silencio la voluntad del Padre, que pareció desoír su oración en Gesetmaní y dejarlo a su suerte.

 

4)      Jesús, velando su divinidad –es decir, guardando silencio‒ dio la vida por amor; al hacerlo, nos reveló con toda claridad que Dios –en sus tres personas‒ nos ama hasta el extremo.

 

5)      Este amor absoluto nos inspira una confianza absoluta en el Dios que guarda silencio. Tal confianza suscita en nosotros una fe firme, capaz de superar la amargura que nos produce pensar que no somos escuchados por el Altísimo. Entrevemos, así, que el silencio de Dios no implica indiferencia sino amor, un amor que respeta la libertad del amado y da la vida por él.

 

6)       Este amor lo hizo palpable el Padre al resucitar a Jesús a una vida nueva, transfigurada, invulnerable. La Resurrección de Jesús es la última palabra de Dios, ciertamente; pero es una palabra que cobra toda su fuerza expresiva al ser oída al mismo tiempo que los mensajes contenidos en los puntos anteriores.

 

Hagamos el esfuerzo de pensar los seis puntos en su interna conexión y veremos surgir el sentido del llamado “silencio de Dios”, pues bien sabemos que el sentido de un acontecimiento brota siempre en el contexto en que se da. Cuando ese sentido se alumbra en la mente, se descubre que el “silencio de Dios”, bien visto, no sólo no nos aleja de la fe cristiana sino que nos lleva a admirar como nunca la figura de Jesucristo muerto y resucitado. Entonces sí que obtenemos una respuesta luminosa y consoladora a la pregunta que al principio nos inquietaba: Dios ocultó, en parte, su inmenso poder al crear el universo, a fin de respetar nuestra libertad de aceptar su existencia o negarla. Jesús veló en buena medida su divinidad al tiempo que la revelaba. Quería evitar que se entendiera su condición mesiánica  como una especie de poderío humano. No hizo jamás un milagro en beneficio propio, ni cuando era vejado en la cruz e instado a salvarse a sí mismo. Antes de la Pasión, pidió auxilio a su Padre y no obtuvo respuesta. Su reacción fue ofrecer su vida en aras de un amor incondicional.

Ahora entrevemos que en los designios de Dios el silencio humilde, el respeto de la libertad humana, el dolor y el amor incondicional están fecundamente vinculados. Dios ha querido siempre respetar nuestra libertad para conseguir que, al contemplar el ejemplo de Jesús, perfeccionemos nuestra libertad hasta convertirla en el poder de entregarnos al amor más exigente, el de dar la vida por los demás.

Al contemplar todo esto en conjunto, se alumbra en nuestro interior una gran luz, y vemos que entre el silencio de Dios y el ocultamiento de Jesús hay un lazo de unión muy fuerte: el amor en plenitud de Dios a los hombres. La contemplación de este amor suscita en nosotros una confianza sin límites. Y tal confianza inspira una fe inquebrantable, capaz de superar la decepción y la desconfianza que produce la sospecha de que no somos escuchados por el Altísimo. «¿Cómo no vamos a darle un voto de confianza absoluta si vemos que ha llegado al amor máximo de entregarse a la muerte por nosotros?». Esta frase es de Javier Monserrat, autor de una clarificación convincente del enigmático tema del “silencio de Dios” (cf. Nuestra fe, BAC, Madrid 1974).

Alfonso López Quintás,

de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

 

 

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I SEMINARIO SPIEL EN MEXICO

Por primera vez en Puebla (y en México) se presenta el Seminario SPIEL de la Fundación López Quintás, tal y como se ha estado impartiendo en Madrid desde hace 7 años.

El seminario busca descubrir las claves que fundamentan la toma de decisiones desde el Liderazgo Creativo. Explica desde la Filosofía del Profesor Alfonso López Quintás qué valores y actitudes fundamentan un liderazgo auténtico que entiende a la persona como eje central.

Dirigido a Empresarios, Maestros y Padres de Familia. A toda persona interesada en vivir de forma creativa.

Horario: dos jueves al mes de 6 a 8 pm, iniciando este 9 de Febrero de 2017

Costo: $1,800 por 8 sesiones

Fechas: Febrero 9, 23, Marzo 9, 23, Abril 6, 20, Mayo 11 y 25

Lugar: 19 sur 4714, Colonia Reforma Agua Azul

Imparte: Gerardo Gómez de Alvear (Experto en Creatividad y Valores por la UFV de Madrid y la Escuela de Pensamiento y Creatividad de la Fundación López Quintás)

 

Más información: www.fundacionlopezquintas.org/spiel 

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El sinsentido de la “postverdad”

Se está hablando actualmente de la “postverdad” (post-truth),como se habla de la postguerra o el postcolonialismo. (Pongo la t porque me gusta la vinculación con las fuentes del idioma). Estas últimas expresiones tienen sentido en cuanto aluden a algo que tenía fecha de caducidad. Exhibir el término “postverdad” puede querer indicar que hemos entrado en una época en que la verdad ha perdido su peso, su rango, su alto papel en la conducción de la vida personal y comunitaria, para cedérselo a las emociones y creencias particulares y efímeras. En la misma línea, se prefiere dar primacía a la vitalidad de las experiencias individuales y relegar a un segundo plano las instancias suprapersonales, como son los grandes valores, aquello que el gran maestro Romano Guardini denominaba lo “Gültige”, lo que da validez y razón de ser a nuestra vida de cada día. Por ello se ensalzan las ocurrencias llamativas, y se deprecian las ideas fecundas y bien articuladas. Parece no interesar tanto el esfuerzo en buscar verdades que iluminen nuestro camino, cuanto la temeridad de proclamar planes espectaculares sin base alguna que garantice su viabilidad. No se repara en la posibilidad de que tales propuestas resulten ‒a no tardar‒ letales para la buena marcha de la sociedad, porque se glorifica el vivir al día y dejar la indispensable previsión para personas a las que se tilda de inmovilistas y rudas.

 Por otra parte, no se tiene reparo en calificar de belicosos a quienes proclaman la excelencia de ciertas verdades debido a su fecundidad para el gobierno de la vida personal y comunitaria. Se confunde la firmeza con la belicosidad, la seguridad en los propios principios ‒lentamente buscados y cultivados‒ con la intolerancia. Se cultivó la debilidad de pensamiento y la expresión dubitativa, y se tomó como una ofensa manifestar que uno ha configurado un modo de pensamiento que florece en convicciones bien arraigadas. Es una especie de resentimiento contra quienes, tras un proceso esforzado y transfigurador, han alcanzado cotas que permiten ver la vida con bastante precisión. El gran fenomenológo Max Scheler denominó “resentimiento” al malestar que alguien puede sentir ante las nobles capacidades que otros han adquirido con mucho esfuerzo y cierto talento.

 Hace un tiempo se puso de moda adoptar un talante dubitativo, como si la falta de convicciones sólidas fuera un mérito notable, cuando, bien vista tal carencia, no hace sino mostrar que todavía no se ha clarificado la mente como es debido. Parece olvidarse que a la verdad y la certeza no se llega mediante un simple adiestramiento de la mente. La verdad es un estado al que se llega merced a la transfiguración de nuestras actitudes ante las distintas realidades de nuestro entorno. Si optamos por los grandes valores ‒la unidad, la justicia, el bien, la  belleza…‒ y los convertimos en nuestro ideal de vida y principio del obrar, sentimos que hemos configurado nuestra figura ideal de personas, nuestro verdadero ser personal. Entonces nos vemos plenamente realizados, situados, por tanto, en la verdad de nuestro ser y nuestra condición personal.  No es la verdad un mero concepto que podamos aceptar o rechazar; es ‒entre otras muchas  cualificaciones, no menos importantes‒ el estado de plenitud al que nos sentimos llamados y constituye, por ello, nuestra meta o ideal.

 El ideal no se reduce a una mera idea o concepto; es una idea motriz, promotora de vida auténtica, y, como tal, reguladora y normativa; es un estado de pleno logro. Por eso va unido con la libertad creativa o libertad interior. Lejos de quitarnos la libertad ‒como a veces se teme‒, la verdad, al lograrla, nos otorga la libertad verdadera, la más alta, la libertad creativa.

 Afirmar en serio que uno vive en la época de la postverdad es firmar su propia acta de defunción como persona, pues la verdad, bien entendida y vivida, es la meta que vitaliza toda una vida de búsqueda.  Vivir en la verdad es vivir conforme al ideal que nos lleva a la plenitud. Vivir en la postverdad, como si la verdad hubiera caducado, es vivir fuera del proceso del propio desarrollo personal, es vivir descarrilado, en estado  de catástrofe.  A ello se alude finamente cuando se dice que estamos en una situación de emergencia educativa.

 Ante las dificultades que el relativismo está causando actualmente, se indica con apremio que urge una filosofía que crea en la verdad. M. Higgins, presidente de Irlanda, ha dicho: «El mejor antídoto contra la postverdad es introducir la filosofía en las escuelas». Sin duda, siempre que se refiera a un tipo de filosofía que ahonde en el estudio de los grandes valores.

 Creer en la verdad y en nuestra capacidad de lograr certezas ‒en el sentido de convicciones firmes y luminosas‒ no implica, en modo alguno, triunfalismo, como se ha dicho. Es el fruto natural, sencillo y grandioso al mismo tiempo, de nuestra experiencia de crecer transformándonos y subiendo de nivel. Hablar de “postverdad” es una ocurrencia fallida, pues no demuestra que el imperio de la verdad haya caducado, sino que todavía no ha llegado uno a vislumbrar su inmenso poder.

Alfonso López Quintás

De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

(Publicado en La Razón el 17/12/2016)

 

 

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