TEXTO PROGRAMÁTICO
Como ayudar a pensar y a ser creativos

En la actualidad, lo adecuado no es tanto enseñar cuanto ayudar a descubrir. Si un alumno descubre algo de por sí queda internamente persuadido y bien dispuesto para asumirlo en su vida.
Si le pregunto a un joven qué función -constructiva o destructiva- ejerce en nuestra vida la mentira y no sabe responderme, no está formado, no puede prever lo que va a pasarle si adopta ciertas actitudes.
Para ayudarle a formarse, le sugiero que descubra conmigo las doce fases del desarrollo humano.
Las tres primeras culminan en el descubrimiento del encuentro, bien entendido.
Encontrarse no se reduce a acercarse, saludarse, intercambiar unas palabras. Estos actos carecen, a menudo, de toda creatividad por darse en el nivel 1. Para encontrarnos de veras, debemos crear con otra persona una relación de enriquecimiento mutuo, logrado a través del intercambio de posibilidades. Estas actividades pertenecen al nivel 2, el de la creatividad y el encuentro. Para encontrarnos en ese sentido creativo debemos cumplir ciertas condiciones:
La primera es la generosidad.
La segunda, la apertura veraz al otro.
Si no soy veraz, pues comunico al otro una parte de mi vida pero oculto otras, suscito desconfianza en él; no me ve como fiable y rehuye hacerme confidencias. Al no abrirse con franqueza, imposibilita el encuentro.
En este momento, ya puede el joven responder con precisión a mi pregunta sobre la función que ejerce la mentira.
No amar la verdad y tomar la mentira como una táctica usual ejerce una función destructiva en nuestra vida porque entorpece o anula incluso el encuentro, y, con ello, bloquea el desarrollo normal de nuestra personalidad. Pero no sólo puede contestar a esta pregunta, sino a muchas otras posibles si descubre las restantes condiciones del encuentro.
La tercera es la confianza. A ella siguen la fidelidad creativa –la voluntad firme de crear en todo momento lo que se prometió, en un momento, crear, por ejemplo un hogar-, la cordialidad, la comunicación –entendida como un darse-... Estas exigencias del encuentro las denominamos “valores”; valen en cuanto nos permiten desarrollarnos, al hacer posible el encuentro. Los seres personales nos desarrollamos creando diversas formas de encuentro y, por tanto, de vida comunitaria. Al asumir esos valores y realizarlos, los convertimos en “virtudes”. En latín, “virtutes” significan “capacidades” para crear encuentros. Cuando ponemos en juego las virtudes, realizamos verdaderos encuentros y experimentamos sus frutos: energía interior, luz para conocernos, alegría por desarrollarnos, entusiasmo al sentirnos plenificados, y felicidad, sentimiento de plenitud que suscita en nosotros sentimientos de paz y amparo, y, consiguientemente, gozo festivo. Siempre que hay encuentro, hay fiesta.
Cuando me doy cuenta de todo ello, hago para mis adentros esta reflexión: Si en una vida menesterosa como la nuestra siento al encontrarme buen ánimo, alegría, entusiasmo, felicidad..., está claro que no hay en el mundo un valor más alto que el encuentro, o, dicho con más amplitud, la fundación de modos elevados de unidad.
Acabo de descubrir el “ideal de la unidad”.
A la luz de este ideal, descubro en abanico, de forma rápida y profunda, los aspectos más importantes de la vida humana:
* qué es la libertad creativa o libertad interior,
* de qué forma colmo mi vida de sentido,
* por qué razón todos podemos y debemos ser creativos,
* qué significa de veras “ser locuente”,
* cuáles son las implicaciones hondas de la afectividad humana...
Un joven que haya hecho este recorrido por las doce fases del desarrollo humano no cae en la tentación de confundir el amor conyugal con la mera pasión.
Sabe que ésta se da en el nivel 1, y es por definición efímera; el amor conyugal pertenece al nivel 2, por ser una relación de encuentro que debemos crear. El joven adquiere una nueva forma de ver la vida y se abre a amplios horizontes cuando no sólo oye hablar de lo que es la existencia humana sino que intenta vivirla por dentro, como una gozosa aventura personal.
©2010 m.carmen garcía-escribano cruz